
Es horrible no tener sentido de pertenencia. De pertenencia a un lugar, a una ciudad, a un país, a una cultura. Para el que lo ha experimentado, sabe de qué estoy hablando. Solo hasta ahora, después de once años de vivir en Canadá, es que he venido a sentir una pizquita de sentido de pertenencia con la ciudad donde vivo. Tal vez porque ya hablo bien este idioma, porque tengo mi propio negocio y me siento de igual a igual con los demas.
No es fácil adaptarse a una cultura que no te recuerda nada de lo familiar. Me refiero a los que vivimos en ciudades chiquitas donde no prima la cultura Latina y donde no se habla español; donde no existen nuestras comidas, nuestra música, o nuestra innata alegría Latina.
Personalmente me he sentido como miando fuera del tiesto por años en esta ciudad. Como mosco en leche, y no porque sea mas oscurita, ni porque tengo un acento súper marcado, ni porque tengo una nacionalidad diferente, sino porque no he podido adaptarme, no me he podido sentir parte del sistema. No he podido despegar. Por pendeja, claro, porque me la he pasado dependiendo del marido por años. Porque a sido fácil estar ahí, a su lado haciendo lo que el quiere y viviendo su vida, no la mía. Siguiéndolo como una sombra y celebrando su éxito. Saliendo en periódicos y revistas gracias a su éxito personal y su inteligencia. Y yo sintiéndome como una ratoncita fragilita; alguien que no puede hacer nada por si misma. Consumiéndome en mi depresión y viendo a la vida decirme “good bye”. Llorando en la soledad de mis noches de insomnio e imaginando que un príncipe me viene a rescatar. Inventándome romances inexistentes y fantaseando que el amor de verdad vino y toco mi puerta.
Por eso y por todo eso fue que el año pasado me derrumbe y me sumi en una horrible depresión que por poco me manda al otro lado. Fue cuando mande al diablo todo e incluso destruí todo este blog. Mis mejores escritos, mis mejores recuerdos, mis mejores fotos, graficos y hasta mis mejores amigos. Todo, lo mande al diablo. Pero como no todo lo malo es malo, gracias a este “derrumbe” como le llamo yo, fue que decidi crear mi nueva vida, mi nuevo trabajo y mi nuevo “yo”. Ahora otros gallos cantan, y por levantar cabeza, sacar pecho y tener coraje para pararme al fin en mis propios pies, es que me están respetando. Ahora tengo una identidad, ya me están conociendo en esta ciudad, ya tengo un nombre, ya me siento parte de esta comunidad. Ahora las invitaciones no son solo para el, sino para mi tambien. Ahora la de los “Breakfast Meetings” soy yo, no el. Ahora hasta siento que estoy “sintiendo” sentido de pertenencia por esta fria y despota ciudad.